jueves, 9 de junio de 2016

Amiano de Hierápolis, tan hábil como Dédalo




 Hubo inventores a lo largo de la Historia que ofrecieron sus ideas para cambiar el mundo. Siempre los ha habido. El problema es que la mayoría de las veces no se hizo caso de sus obras más allá del ámbito local, o lo que inventaron no se interpretó bien por su contemporaneos... o ellos mismos no se dieron cuenta de toda la potencialidad de su invento.
A veces, las tres cosas a la vez. Como ocurrió con Amiano.


Todo empezó en una ciudad de Anatolia llamada Hierápolis (Ciudad Sagrada). Es un nombre que puede parecer rimbombante para una ciudad de tamaño mediano en el imperio de los romanos, pero tiene una tenebrosa explicación: Daba cobijo a una de las puertas del infierno.

Situación de Hierápolis

 Suena terrorífico, pero los lugareños y medio imperio romano pensaban que en un lugar concreto de esa ciudad había una entrada al infierno. Como el dios romano del inframundo se llama Plutón, a la entrada la llamaron Plutonium, que suena muy radioactivo para nosotros, pero que en realidad era una falla de roca de la que emanaba dióxido de carbono en abundancia, el cual desmayaba a los animales y a los estúpidos que se atrevían a asomar la cabeza.

El Plutonium en sus buenos tiempos

Y lo que queda de él.


El lugar se hizo todavía más famoso cuando el rey de Pérgamo Eumenes II, por el 180 a.C. mandó construir una ciudad de lujo a su alrededor, entusiasmado por las aguas termales y el ambiente mítico del lugar. Pronto la ciudad se llenó de turistas ricos en busca del descanso y el relax de sus aguas. Se puede decir que Hierápolis nació con la misión de ser un Spa helenístico.

En 133 a.C. El rey Atalo II legó a Roma su reino y la ciudad de Hierápolis, con sus baños y su tenebroso Plutonium. No pasó mucho antes de que empezara a ser visitada por un creciente número de romanos millonarios.
En tiempos de Augusto, Estrabón alabó la ciudad y describió el Plutonium con detalle, aunque no lo situó bien. Menos mal que se pudo establecer el lugar concreto de sus ruinas en el año 2013, gracias al hallazgo de esqueletos de aves muertas y una estatua del perro Cerbero, guardián de los infiernos.

En tiempos de Tiberio, por el año 17 d.C., Hierápolis sufrió un terremoto que destruyó la ciudad. Encima, en el 60 d.C. otro terremoto dejó en ruinas lo reconstruido hasta la fecha. Cualquier otra ciudad no conseguiría recuperarse de dos terremotos terribles en el espacio de cuarenta años, pero Hierápolis era un lugar de lujo que los ricachones romanos no querían perder.
Los emperadores la levantarían de nuevo.

Hierápolis en todo su esplendor

 La reconstrucción de la ciudad recibió una fuerte financiación imperial y fue llevada a lo grande, en un estilo más romano que griego, que para algo pagaba Roma. Fue una reconstrucción larga y continua en el tiempo, un no parar de edificar durante los siglos II y III, en un proceso de engrandecimiento que llevó a la ciudad a su época dorada.
Fueron proyectados y ejecutados un montón de edificios: termas romanas, un gimnasio, varios templos, una calle principal con columnata, una gran fuente de agua caliente... Hierápolis llegó a ser una de las ciudades más prominentes del imperio. Era tal la riqueza que ostentaba, que por ejemplo se construyó un teatro solamente para la visita del emperador Adriano en el año 129.

El teatro para Adriano

 La población debió alcanzar los 100.000 habitantes y muchos de ellos ricos con dinero dispuesto a gastarlo en la ciudad y sus lujosas villas. Todo esto provocó que las empresas dedicadas a la construcción y sus auxiliares tuvieran grandes oportunidades de negocio y, probablemente, bastantes pedidos de obras durante estos dos siglos. Imaginemos solo el dinero que debió de mover la construcción del teatro para Adriano... ¡Hierápolis vivía en un pelotazo urbanístico sin fin!
Tal volumen de obra debió azuzar los ingenios para mejorar la producción. Aquí es donde aparece nuestro personaje, Marco Aurelio Amiano, "tan hábil como Dédalo".

Seguiré contando según lo expuesto por Klaus Grewe en su estupendo artículo "La maquina romana de serrar piedras", de fácil acceso en la red. En él podrán leer de forma más detallada sobre las cuestiones técnicas de la máquina de nuestro personaje.

La tumba de Amiano está cerca de la entrada a la ciudad y se fecha a mediados del siglo III. Una época de anarquía y crisis en el imperio, pero sus efectos todavía no habían llegado a la rica Hierápolis, que seguía sumergida en sus sueños de riqueza.
Poco sabemos de Amiano, solo lo que nos dice su tumba:

"Marcus Aurelius Amianus, ciudadano de Hierápolis, tan hábil como Dédalo en la elaboración de una máquina movida por una rueda. Ahora descansa aquí para siempre, en este sarcófago."

Relieve de su maquina

 Está claro que estaba orgulloso de su invento, pues lo representa en relieve sobre su sarcófago para que lo viesen todos los viajeros que se acercaban a la ciudad. Un invento relacionado seguramente con su forma de vivir, que debía ser una empresa de corte de piedra para las continuas obras que se hacían en la ciudad. Y no solo piedra, es probable que también cortase láminas de diferentes y costosos mármoles y otras piedras de lujo que entusiasmaban a los ricachones del lugar.

Pero más que de su empresa, Amiano estaba orgulloso de su inventiva. Había conseguido crear una máquina movida por agua, que podía cortar de forma exacta (y sin cansarse) dos enormes piedras a la vez. Así podía cumplir de forma más rápida muchos más pedidos.
Su máquina ha llamado mucho la atención en las últimas décadas entre los ingenieros y expertos en historia de la tecnología. Principalmente porque tiene un elemento mecanico que nadie pensaba hasta ahora que existiese en época romana: el mecanismo biela-manivela. La transformación de un movimento circular en otro de traslación. O hablando más claro, convertir el movimiento de circular de una rueda de molino en el movimiento horizontal necesario para mover sierras de piedra.

¿Y es tan importante? Pues sí. Sierras y talleres de cortar piedra había muchos en el imperio, molinos de agua otros tantos; pero dotados con el mecanismo de esta máquina muy pocos o solo uno, el de Amiano. Es realmente el ejemplo más antiguo de una transmisión. Se adelanta en 1000 años a lo que hasta ahora se creía como los primeros ejemplos de este mecanismo. Todo un logro que Amiano supo valorar como para ponerlo de relieve en su tumba.

Reconstrucción de su maquina


Y poco más. Nada salió de este invento aparte de una sierra de piedras muy bonita y compleja.

Ahora sabemos que los romanos conocían todos los componentes necesarios para crear una máquina de vapor: el mecanismo de Amiano, la eolípila de Hierón (generador de vapor), el cilindro y el pistón (en bombas metálicas de presión), válvulas de retención (en bombas de agua) y engranajes (en relojes y molinos de agua).

Pero nadie los juntó en un solo aparato.

Quizá por simple casualidad de la Historia, quizá porque no surgió la necesidad, que es madre de todos los inventos. O puede que alguien, o más de uno, pensara en ello y no pasara de una distracción teórica de difícil y costosa ejecución. Después de todo, en una sociedad esclavista como la romana las máquinas de trabajo complicadas no eran más que elementos superfluos, propios de griegos con ganas de asombrar al personal... como nuestro Amiano, ciudadano de Hierápolis, la puerta del infierno más pija del mundo.

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