viernes, 24 de marzo de 2017

Epafrodito, liberto de Nerón


Domus Aurea

 En la Roma imperial del siglo I, un liberto podía ser algo más que un esclavo liberado por su amo. Podía alcanzar un gran poder político e influencia, inimaginable en alguien de su rango social  un siglo atrás. Sobre todo si su antiguo dueño era el emperador de turno y se llamaba Nerón. En ese caso, el liberto tenía el campo abierto para gobernar en nombre de su ex amo, un artista entregado que no tenía tiempo para esas fruslerías de la política. Excepto si eran conspiraciones contra su augusta y estética persona.


 Epafrodito era un nombre bastante común para un esclavo en esa época. Viene del griego y significa literalmente “para Afrodita”, como si fuera una ofrenda, aunque su significado general era de “encantador”,  “cariñoso”, “mimoso” y palabras similares. Un nombre muy apropiado para un esclavo joven y atractivo, que puede hacer pensar en cierto uso sexual de su persona, pero no necesariamente, así que no seamos mal pensados.

 No sabemos cuándo nació nuestro Epafrodito, pero debió de ser alrededor de la década de los 30 del siglo I. Sí sabemos que su origen debía ser griego o del mediterráneo oriental y que en un determinado momento fue comprado o regalado a la familia imperial de los Julio-Claudios, en el reinado de Clau-Clau-Claudio… perdón, T. Claudio Nerón Augusto César, o Claudio, a secas, para la Historia.

Claudio... sí, los romanos también retocaban un poco los retratos oficiales

 Parece ser que Claudio, antes de morir, en el año 54,  o como consecuencia de su testamento, liberó a Epafrodito, que pasó a ser un liberto imperial del entorno del adolescente Nerón, el nuevo y prometedor emperador. La prueba de que lo liberó Claudio es el nombre romano que Epafrodito adoptó, siguiendo la costumbre de los esclavos liberados de adoptar el nombre y gens de su amo liberador: Tiberio Claudio Epafrodito. Como cualquier otro liberto romano, siguió ligado a la familia de su antiguo amo como asistente y empleado.

Los libertos imperiales se habían convertido en el gobierno de Claudio en una especie de ministros que llevaban los asuntos del imperio. El emperador tartamudo, que se fiaba de muy pocos y del Senado nada en absoluto, delegó en sus libertos de confianza la administración cotidiana del gobierno, como hacían los patricios desde siempre con sus haciendas, que solían ser gestionadas por su libertos más espabilados. Aunque en este caso la gestión de los asuntos de Claudio equivalía a dirigir y gobernar todo el imperio.

Desde luego, esta medida no gustó nada a los patricios del Senado y a las mentes conservadoras que todavía suspiraban por los tiempos republicanos. En su concepción del mundo, los libertos tenían un rango social bajo, inapropiado para el gobierno de un imperio, pero, sobre todo, intolerable para ocupar funciones propias de rangos más altos. Pero Claudio no pareció tener ningún prejuicio.

 Tampoco su sucesor con alma de artista tenía prejuicios. Nerón debía tener en mucha estima a Epafrodito, al que seguramente conocía desde niño, pues lo acabó nombrando su secretario “a libellis”, que venía a ser el que recibía y respondía las peticiones que llegaban al emperador.  No hace falta ser un lince para darse cuenta de que era uno de los cargos más influyentes del gobierno.

Nerón pensando poemas

 Epafrodito prosperó en el mandato de Nerón. El emperador componía versos, organizaba fiestas y tocaba la lira con creciente virtuosismo, mientras Séneca, su madre Agripina y sus libertos llevaban los asuntos y se forraban los bolsillos. En un determinado momento, Epafrodito compró o recibió de regalo un esclavo niño, muy inteligente, llamado Epícteto, al que  Epafrodito envió a estudiar con el filósofo Musonio Rufo, y luego sería uno de los filósofos estoicos de moda en el siglo II y de los pocos que nos ha llegado alguna de sus obras. El emperador Marco Aurelio fue su máximo fan y lo cita a menudo en sus Meditaciones.

Epícteto pensando citas filosóficas. La muleta se debe a que era cojo.

Gracias a Epícteto, conocemos una anécdota sobre Epafrodito, donde se nos manifiesta un carácter diplomático, no carente de ironía. Algo muy necesario en una corte como la neroniana: 

“Conozco a una persona que se quejó, al abrazar las rodillas de Epafrodito, que sólo le quedaban ciento cincuenta veces diez mil denarios.
¿Qué hizo Epafrodito? ¿Se rió de él, como hicimos los esclavos de Epafrodito? No, pero gritó con asombro:
-Pobre hombre, ¿cómo callaste, cómo lo soportaste?”  

 Para principios del año 65, Nerón había liquidado a su madre y ejecutado a varios más que estaban en contra de sus estéticas ideas de gobierno. El sensible artista se había convertido en un peligroso tirano para los senadores que no seguían su cuerda. Además, después del incendio de Roma en el 64, las dificultades financieras que provocaba la reconstrucción de la ciudad, junto al proyecto colosal y despilfarrador del nuevo palacio del emperador, la Domus Aurea, aumentaban el malestar entre la clase senatorial.


Habitación de la Domus Aurea... y es de las más normalillas.

 Se tramó una conjura en su contra, comandada por Calpurnio Pisón, un descendiente de la ilustre familia de los Calpurnios, con alianzas entre las grandes familias de la aristocracia romana y popular por su carácter. Marcial lo cita como una persona generosa, afable en el trato y la conversación, aparte de elocuente. Además era alto y guaperas. Todo un modelo de patricio.
Dión Casio nos cuenta la anécdota de que Calpurnio Pisón fue exiliado por Calígula en su juventud, con el permiso de llevarse diez esclavos. Pisón se quejó con audacia de que eran pocos para su estilo de vida y consiguió que el loco de Calígula permitiese que se llevara mayor número para que se sintiera cómodo. Desde luego, Calpurnio tenía el don de caer muy bien a la gente.

 Por desgracia, Pisón carecía de firmeza de carácter. No se atrevía a dar el paso de asesinar a Nerón. El asunto se pospuso, según Tácito, hasta el 19 de abril del 65, cuando se mataría al emperador en el Circo Máximo mientras Pisón era presentado a los pretorianos en su campamento. Gracias a su don de gentes, Pisón había juntado a un gran número de conspiradores. Pero demasiados y con motivos muy diferentes, desde el cabreado Lucano, al que un celoso Nerón había prohibido dar lecturas públicas de sus poemas; o el afeminado Quintiano, que había sido objeto de un poema satírico del emperador; hasta el serio cónsul Laterano, que parecía moverse por sentimientos patrióticos. Incluyendo iracundos tribunos de los pretorianos que veían al emperador como un payaso carente de marcialidad. En tal mejunje, era cuestión de poco tiempo que uno delatase a los demás.

Así fue. Un liberto de uno de los conjurados se presentó ante Epafrodito, al que seguramente  conocía, y denunció a su patrón, el senador Flavio Escevino, y al caballero Antonio Natal. Epafrodito se tomó muy en serio la denuncia y se fue de inmediato a avisar a Nerón, que se puso de los nervios. Los dos conspiradores fueron arrestados y en los duros interrogatorios cantaron como tenores.

 El resto de conspiradores fueron arrestados y ejecutados. Pisón fue solo obligado a suicidarse en honor a su alcurnia. Como en los interrogatorios alguien citó a Séneca de pasada, también el filósofo fue obligado a suicidarse. Por su parte, los pretorianos recibieron una prima de 2000 sestercios cada uno para que estuvieran tranquilos y no echasen de menos a sus oficiales ejecutados.

 Epafrodito recibió del agradecido Nerón honores militares y riquezas, que le sirvieron para construir unos grandes jardines en la colina Esquilina, junto a la Domus Aurea de su emperador. Sabemos que también fue nombrado Viator Tribunicius, asistente personal del tribuno de la plebe, o sea, Nerón, ya que los emperadores se habían apropiado del cargo. Aunque no sabemos si le dio este premio antes o después de la conjura.

Inscripción donde Epafrodito aparece como Viator Tribunicis

En fin, Epafrodito estaba en lo más alto dentro de la corte estética y divina de Nerón, que se fue en el año 66 de viaje por Grecia, a ganar las Olimpiadas y cantar recitales en espléndidos teatros, ante un público griego que lo recibía con fervorosos (e irónicos) aplausos. Es probable que Epafrodito, dado sus cargos, lo acompañara en la gira.
Pero en Junio del 68, a los pocos meses de volver de la gira triunfal neroniana, llegó de pronto el final de la tragicomedia. El vengativo Senado había tenido tiempo de montar otra conjura y ahora el líder era Galba, un militar con legiones a su mando y mucha firmeza, que actuó de inmediato. Nerón fue declarado enemigo público y abandonado a su destino en su suntuoso palacio.

 Según Dión Casio, Nerón pensó en huir a Alejandría, una ciudad con clase, y convertirse en concertista de lira, que en el fondo era su pasión, y no esa tontería de gobernar un imperio que no comprendía su genio.
 Decidió escapar a caballo antes de que llegaran los pretorianos. Así abandonó a escondidas su palacio, acompañado por tres de sus libertos, los únicos que seguían a su lado. Entre ellos, Epafrodito, que no abandonó a su patrón. Pero Nerón no llegó muy lejos en su marcha.  Abatido, se refugió en una villa de las afueras, indeciso y sin rumbo, deprimido en su alma de artista por el  rechazo de todas las fuerzas del imperio. Así de cruel es el público.

 Pensó que el suicidio era la única salida antes de que lo cogieran, pues ya se oía llegar a los jinetes pretorianos salidos en su persecución. Pero no se atrevía a clavar el cuchillo en su garganta, su narcisismo lo frenaba, temblaba su mano aterrada. Fue entonces Epafrodito, rompiendo el estatismo de los presentes, quien se acercó, sujetó  la mano y empujó el cuchillo.
 “Qué artista muere conmigo”, fueron sus últimas palabras.  Así murió el último julio-claudio.

Las nodrizas Alejandría y Egogle, junto a su amante Actea, recogen el cadaver de Nerón
 "Muerte de Nerón", pintura de Vasili Smirnov

 Epafrodito fue fiel a su patrón hasta el final, hay que reconocerlo. Su gesto de ayuda pudo ser su condena, porque, después de todo, se había convertido en asesino de un emperador, pero consiguió sobrevivir a la guerra civil del año de los cuatro emperadores (68-69) y a los reinados de Vespasiano (69-79) y Tito (79-81). Seguramente adoptando un bajo perfil, fuera ya de la administración, y haciendo uso de sus contactos y habilidad social, que debía ser mucha.

 En estos años, Flavio Josefo, famoso historiador de origen judío, menciona en tres de sus obras (Antigüedades, Contra los griegos y Biografía) a un Epafrodito como su patrón en Roma. Quizá fuera nuestro Epafrodito, pero recordemos que el nombre era bastante común entre esclavos y libertos.

  Con la llegada de Domiciano al poder en el 81,  Suetonio nos cuenta que Epafrodito fue sacado de su prudente retiro y nombrado secretario del emperador.  Aunque esto suena muy raro y Suetonio tiene fama merecida de mentiroso. Un tipo paranoico como Domiciano nombrando a un antiguo neroniano como secretario, y encima el asesino del  emperador, suena bastante exótico. Pero bueno, se podía esperar cualquier cosa de un tipo como Domiciano, que encabezaba sus cartas con “Nuestro amo y nuestro dios ordena lo que sigue.”

Domiciano, Amo y Dios... por que yo lo valgo

 También huele raro que en el año 95, Suetonio nos diga que Domiciano ordenase ejecutar a Epafrodito con la excusa de

“demostrar a los que le servían que nunca debe atentarse contra el amo, ni siquiera con buena intención

 También afirma lo mismo Dión Casio, aunque no dice en ningún momento que Epafrodito fuese su secretario, y añade que lo hizo como un mensaje a sus libertos 

“para que no se atreviesen a semejante hazaña”

 Parece un motivo absurdo. No sabemos muy bien que hay detrás de esa ejecución, que parece cierta, quizá la simple paranoia de Domiciano, que no era muy equilibrado que se diga. Pero así es la historia antigua: conjeturas basadas muchas veces en cotilleos.

Al final, parece que el gesto de ayuda de Epafrodito a su patrón, cuando fue abandonado por todos menos él, acabó pasando factura casi treinta años después, aunque sea como excusa de un emperador paranoico.


Es lo malo de codearse con emperadores.

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